Estrés laboral: las señales de que el trabajo ha dejado de ocupar solo una parte de tu vida

Hay un momento en el que terminas tu jornada laboral y el trabajo deja de quedarse en su lugar, sales de él con la intención de descansar. Sin embargo, en cuanto llegas a casa, tu cabeza sigue funcionando al mismo ritmo.

Mientras preparas la cena, recuerdas una conversación con un compañero. Antes de acostarte revisas el correo «por si ha surgido algo urgente». Intentas ver una película, pero una parte de tu mente continúa organizando mentalmente las tareas del día siguiente.

Y poco a poco, sin apenas darte cuenta, el trabajo empieza a ocupar un espacio que antes pertenecía a tu vida personal.

  • Dejas de disfrutar de pequeños momentos porque siempre hay algo pendiente.
  • Te cuesta desconectar.
  • Descansas menos.

Y, aunque el cansancio aumenta, tienes la sensación de que nunca es suficiente.

Muchas personas creen que esto forma parte de ser responsable o de implicarse en su profesión. Incluso llegan a pensar que vivir bajo presión es el precio que hay que pagar por hacer bien las cosas.

Pero no siempre es así, cuando el trabajo empieza a acompañarte incluso en los momentos en los que debería desaparecer, es posible que no estés viviendo únicamente una época de mucho trabajo. Es posible que estés experimentando estrés laboral.

El estrés no siempre es un problema

Cuando hablamos de estrés casi siempre suele hacernos pensar en algo negativo. Sin embargo, el estrés, por sí mismo, no es nuestro enemigo.

Nuestro organismo está preparado para activarse cuando necesita responder a un reto, tomar una decisión importante o reaccionar rápidamente ante una situación exigente.

Gracias a esa activación podemos concentrarnos mejor, reaccionar con rapidez y mantenernos atentos cuando la situación lo requiere.

El problema aparece cuando ese estado de alerta deja de ser puntual y se convierte en una forma de vivir.

Nuestro cuerpo está preparado para correr una carrera.

No para vivir corriéndola todos los días.

Y cuando esa activación se mantiene durante semanas o meses, tanto el cuerpo como la mente comienzan a desgastarse.

¿Qué es realmente el estrés laboral?

El estrés laboral aparece cuando sentimos que las exigencias del trabajo superan nuestra capacidad para responder a ellas.

No siempre depende del número de horas que trabajamos.

Tampoco del puesto que ocupamos. Hay personas con grandes responsabilidades que viven su trabajo con equilibrio, mientras que otras terminan completamente desbordadas desempeñando funciones aparentemente sencillas.

La diferencia no suele estar únicamente en el trabajo.

También influye la forma en la que nos relacionamos con él:

  • Necesidad de hacerlo todo perfecto.
  • Dificultad para poner límites.
  • Sensación de que nunca podemos fallar.
  • Miedo a decepcionar.
  • Presión por demostrar constantemente que somos capaces.

Todo ello puede hacer que el trabajo tome las riendas de nuestra vida convirtiendose en el centro al rededor del cual gire todo lo demás.

Las señales que solemos pasar por alto

El estrés laboral rara vez aparece de un día para otro. Es algo que se va forjando día tras día y lo más frecuente es que llegue de forma silenciosa.

Al principio solo notas que duermes un poco peor. Después empiezas a levantarte cansado, te cuesta concentrarte, estás más irritable.

Las pequeñas dificultades que antes resolvías con facilidad ahora parecen enormes.

Y sin darte cuenta, comienzas a responder con menos paciencia a las personas que te rodean.

Dejas de hacer actividades que antes disfrutabas porque sientes que «no tienes tiempo».

Incluso cuando consigues descansar, no logras desconectar realmente.

Es como si tu mente hubiera aprendido a permanecer siempre acelerada.

Muchas personas normalizan estas señales y piensan que ya descansarán cuando termine esa época de más trabajo.

Pero el problema es que esa época muchas veces nunca termina.

Un proyecto da paso a otro, una preocupación sustituye a la anterior.

Y la sensación de ir siempre con prisa acaba formando parte del día a día.

Cuando el cuerpo empieza a hablar

Nuestra mente puede acostumbrarse a soportar niveles muy altos de exigencia.

El cuerpo, sin embargo, suele avisarnos mucho antes de que estamos lleguemos al límite.

Algunas personas comienzan a sufrir dolores de cabeza frecuentes.

Otras notan una tensión constante en el cuello o en la espalda.

También pueden aparecer molestias digestivas, dificultades para dormir, sensación de agotamiento continuo, palpitaciones, presión en el pecho, zonas capilares exentas de cabello (alopecia).

No es extraño que quien vive esta situación piense que está desarrollando un problema físico importante, dando paso a diversas revisiones médicas.

Y hacen bien, es importante descartar cualquier enfermedad.

Sin embargo, cuando las pruebas indican que todo está correctamente y las molestias continúan, aparece una pregunta que suele generar mucha incertidumbre.

«Si físicamente estoy bien, ¿por qué mi cuerpo reacciona así?»

La respuesta esta en el mismo cuerpo, el cual, lleva demasiado tiempo funcionando sin descanso, como si el sistema de alarma hubiera olvidado cómo volver a apagarse.

Del estrés a la ansiedad: cuando el organismo ya no consigue recuperarse

No todas las personas que sufren estrés laboral desarrollan ansiedad.

Pero cuando el nivel de exigencia se mantiene durante demasiado tiempo y no existen espacios reales de recuperación, el riesgo aumenta.

La preocupación deja de limitarse al horario laboral.

Empiezas a anticipar problemas que todavía no han ocurrido.

Te cuesta relajarte incluso durante el fin de semana.

Sientes culpa cuando descansas porque piensas que deberías estar aprovechando el tiempo para adelantar trabajo.

Y poco a poco aparece una sensación difícil de explicar.

Como si estuvieras permanentemente preparado para responder a una emergencia.

Es en ese momento cuando algunas personas comienzan a experimentar sus primeras crisis de ansiedad derivadas del estrés laboral.

A veces ocurre durante una reunión.

Otras veces mientras conducen.

Incluso puede suceder en casa, cuando aparentemente no existe ningún motivo para sentirse así.

El corazón se acelera.

La respiración cambia.

Aparece una intensa sensación de miedo.

Y la persona tiene la impresión de que ha perdido completamente el control.

¿Por qué el estrés laboral termina atrapándonos?

Si algo tienen en común la mayoría de personas que llegan a consulta por estrés laboral, es que no son personas poco trabajadoras. Más bien ocurre lo contrario.

Suelen ser personas implicadas, responsables y comprometidas con su trabajo. Personas que intentan hacerlo todo lo mejor posible y que, cuando las cosas se complican, responden esforzándose todavía más.

Desde fuera pueden parecer personas muy resolutivas.

Desde dentro, sin embargo, viven con la sensación de que nunca llegan a todo.

Cada tarea terminada deja paso a otra nueva.

Cada objetivo conseguido da lugar a una nueva exigencia.

Y poco a poco aparece una idea que comienza a instalarse en su día a día:

«Si me esfuerzo un poco más, todo volverá a estar bajo control.»

El problema es que ese momento rara vez llega.

Cuando dar más deja de ser la solución

Cuando sentimos que algo no funciona, lo natural es intentar hacer más.

Si no llegamos a todo, trabajamos más horas.

Si creemos que hemos cometido un error, revisamos una y otra vez nuestro trabajo.

Si tenemos miedo de olvidarnos de algo importante, comprobamos constantemente el correo electrónico o el teléfono.

Son conductas que parecen ayudarnos.

Y durante unos minutos incluso pueden generar una sensación de alivio.

Pero cuando se convierten en una costumbre, ocurre algo curioso.

Cada vez necesitamos hacer más para sentir la misma tranquilidad.

Sin darnos cuenta, empezamos a vivir pendientes del trabajo incluso cuando el trabajo ya ha terminado.

El perfeccionismo: un aliado que puede acabar volviéndose en nuestra contra

Vivimos en una sociedad que premia la productividad.

Nos enseñan a esforzarnos, a ser responsables y a dar siempre lo mejor de nosotros mismos.

Y todo eso tiene un enorme valor.

El problema aparece cuando confundimos hacerlo bien con hacerlo perfecto.

Las personas perfeccionistas suelen asumir más responsabilidades de las que realmente pueden sostener.

Les cuesta delegar.

Les cuesta decir que no.

Y, cuando consiguen terminar una tarea, en lugar de sentirse satisfechas, ya están pensando en aquello que todavía queda por hacer.

El resultado es una sensación constante de exigencia que hace muy difícil disfrutar del presente.

Porque siempre parece haber algo más importante esperando.

Desconectar no depende de apagar el ordenador

Muchas personas creen que descansar consiste únicamente en dejar de trabajar.

Pero el descanso no empieza cuando termina la jornada.

Empieza cuando nuestra mente también consigue hacerlo.

Puedes estar sentado en el sofá con tu familia mientras sigues respondiendo mentalmente una conversación con tu jefe.

Puedes salir a pasear mientras repasas una reunión que tendrás dentro de dos días.

Puedes acostarte con el cuerpo agotado y descubrir que tu cabeza sigue funcionando como si todavía estuviera en la oficina.

Eso no es descansar.

Es cambiar de escenario mientras el problema continúa ocupando el mismo espacio dentro de ti.

Cuando vivimos siempre en modo alerta

Nuestro cerebro está diseñado para activarse cuando existe un peligro.

El problema es que el estrés laboral puede hacer que esa activación permanezca encendida incluso cuando ya no existe ninguna amenaza inmediata.

Todo empieza a vivirse con urgencia.

Una llamada.

Un correo.

Una reunión inesperada.

Un pequeño cambio de planes.

El cuerpo responde como si cada una de esas situaciones fuera una emergencia.

Y mantener ese nivel de activación durante tanto tiempo termina pasando factura.

Dormimos peor.

Nos cuesta concentrarnos.

Perdemos la paciencia con mayor facilidad.

Disfrutamos menos de las cosas que antes nos hacían sentir bien.

Y aparece una sensación difícil de explicar.

Como si nunca pudiéramos bajar la guardia.

El estrés laboral también afecta a quienes más quieres

Cuando hablamos de estrés laboral solemos pensar únicamente en el trabajo.

Sin embargo, sus consecuencias suelen aparecer mucho más allá.

A veces dejamos de disfrutar de planes con nuestra pareja porque seguimos pensando en todo lo que nos espera el lunes.

Respondemos con menos paciencia a nuestros hijos.

Cancelamos encuentros con amigos porque sentimos que necesitamos aprovechar ese tiempo para adelantar tareas pendientes.

Y poco a poco el trabajo comienza a ocupar espacios que antes pertenecían a nuestra vida personal.

Sin darnos cuenta, empezamos a sobrevivir en lugar de vivir.

Desde la Terapia Breve Estratégica: ¿qué mantiene el problema?

Una de las diferencias de la Terapia Breve Estratégica es que no nos quedamos únicamente en entender por qué apareció el estrés.

También observamos qué está ocurriendo en el presente para que continúe.

Porque muchas veces son precisamente los intentos de solucionar el problema los que terminan alimentándolo.

Por ejemplo:

  • Intentar estar disponible las veinticuatro horas del día.
  • Revisar constantemente el correo electrónico fuera del horario laboral.
  • Llevar trabajo a casa todos los días.
  • Sentir culpa cada vez que decides descansar.
  • Pensar que decir «no» significa ser menos profesional.
  • Creer que solo tú puedes hacer las cosas correctamente.

Todas estas conductas nacen con una buena intención.

Queremos evitar errores.

Cumplir con nuestras responsabilidades.

Sentirnos tranquilos.

Sin embargo, a largo plazo terminan enviando un mensaje muy claro a nuestro cerebro:

«No puedes permitirte bajar la guardia.»

Y cuanto más tiempo permanece activo ese mensaje, más difícil resulta recuperar el equilibrio.

Por eso, en terapia no buscamos únicamente reducir el estrés.

Buscamos cambiar la manera en la que la persona se relaciona con él.

Porque cuando cambiamos esa relación, también empieza a cambiar el problema.

¿Cómo trabajamos el estrés laboral desde la Terapia Breve Estratégica?

Cuando una persona acude a consulta por estrés laboral, rara vez lo hace porque un día se sintió agobiada. Lo habitual es que lleve semanas, meses o incluso años intentando gestionar la situación por su cuenta.

Ha probado a organizarse mejor.

A dormir más horas.

A desconectar los fines de semana.

A hacer ejercicio.

A leer sobre gestión del tiempo o productividad.

Y, aunque algunas de estas estrategias pueden ser útiles, muchas personas sienten que el problema sigue estando ahí.

Desde la Terapia Breve Estratégica no partimos de una pregunta como «¿Por qué te ocurre esto?», sino de otra diferente:

¿Qué estás haciendo para intentar resolver el problema y que, sin darte cuenta, está haciendo que continúe?

A menudo descubrimos que el esfuerzo constante por mantener todo bajo control, la dificultad para poner límites o la necesidad de responder a todas las exigencias terminan convirtiéndose en una parte importante del propio problema.

Por eso, el objetivo de la terapia no consiste únicamente en reducir el estrés, sino en ayudarte a cambiar la forma en la que te relacionas con él.

Cuando esa relación cambia, el problema también empieza a hacerlo.

Recuperar el equilibrio no significa trabajar menos

Existe una creencia muy extendida: pensar que para reducir el estrés hay que abandonar las responsabilidades o conformarse con hacer menos.

Nada más lejos de la realidad.

Recuperar el equilibrio no significa renunciar a tus objetivos ni dejar de ser una persona comprometida.

Significa aprender a diferenciar entre la responsabilidad y la autoexigencia.

Entre implicarte en tu trabajo y permitir que ocupe toda tu vida.

Porque una persona agotada no rinde mejor.

Tiene más dificultades para concentrarse, toma decisiones con mayor cansancio y termina disfrutando mucho menos tanto de su trabajo como de su tiempo personal.

Cuidar de tu bienestar no es un lujo.

Es una necesidad.

Y también una forma de cuidar tu rendimiento, tus relaciones y tu salud.

¿Es posible volver a disfrutar del trabajo?

Muchas personas llegan a consulta convencidas de que ya nunca volverán a sentirse como antes.

Piensan que siempre vivirán con esa sensación de tensión, que necesitarán estar pendientes del teléfono o que cualquier nueva responsabilidad volverá a desbordarlas.

Sin embargo, la experiencia nos demuestra que esto no tiene por qué ser así.

Cuando comprendemos cómo se ha construido el problema y aprendemos una forma diferente de afrontarlo, es posible recuperar la tranquilidad sin dejar de ser una persona responsable.

El objetivo no es eliminar todas las situaciones estresantes, porque eso sería imposible.

El verdadero cambio consiste en dejar de vivir permanentemente en estado de alerta.

Preguntas frecuentes sobre el estrés laboral

¿El estrés laboral puede provocar una crisis de ansiedad?

Sí. Cuando el organismo permanece durante mucho tiempo sometido a un alto nivel de estrés, algunas personas pueden desarrollar ansiedad e incluso experimentar una crisis de ansiedad. No ocurre en todos los casos, pero es una consecuencia relativamente frecuente cuando no existen espacios reales para recuperarse.

¿Cómo puedo saber si mi estrés laboral está empezando a afectar a mi salud?

Si te cuesta desconectar del trabajo, duermes peor, te sientes irritable, notas un cansancio constante o comienzan a aparecer síntomas físicos como tensión muscular, palpitaciones, molestias digestivas o sensación de falta de aire, es recomendable prestar atención a estas señales y buscar ayuda si el malestar persiste.

¿Qué diferencia hay entre el estrés laboral y el síndrome de burnout?

El estrés laboral es una respuesta de activación ante las exigencias del trabajo. El burnout aparece cuando esa situación se mantiene durante mucho tiempo y termina provocando un desgaste físico y emocional profundo, acompañado de una pérdida de motivación y de la sensación de no poder seguir afrontando el mismo ritmo.

Una reflexión para terminar

Vivimos en una sociedad que, muchas veces, aplaude ir deprisa.

Responder correos a cualquier hora.

No desconectar nunca.

Llenar la agenda hasta el último minuto.

Como si estar siempre ocupado fuera sinónimo de éxito.

Pero trabajar mucho no debería implicar vivir permanentemente agotado.

Tu bienestar no debería quedarse siempre para cuando termine el siguiente proyecto, llegue el fin de semana o empiecen las vacaciones.

Porque la vida no empieza cuando acaba la jornada laboral.

La vida también sucede mientras trabajamos.

Y merece ser vivida con equilibrio.

Si mientras leías este artículo te has sentido identificado/a…

En consulta suelo comprobar que las personas no permanecen atrapadas porque les falten ganas de cambiar.

La mayoría llevan mucho tiempo intentando resolver su problema. Sin embargo, a veces, cuanto más hacemos lo mismo esperando un resultado diferente, más se fortalece aquello que queremos cambiar.

Soy Tamara García, psicóloga general sanitaria, especialista en Terapia Breve Estratégica y directora del Centro de Terapia Breve Tamara García, un centro de psicología completamente online desde el que acompaño a adultos y parejas de toda España.

Cada semana trabajo con personas de ciudades como Madrid, Bilbao, Barcelona, Valencia, Cádiz, además de muchas otras localidades. Gracias a la terapia onlinela distancia deja de ser un obstáculo para recibir una atención psicológica cercana, profesional y adaptada a cada persona.

Si mientras leías este artículo te has sentido identificado, estaré encantada de acompañarte para comprender qué está manteniendo el problema y ayudarte a construir un cambio duradero.

Porque, cuando cambiamos la forma en la que afrontamos un problema, el problema también empieza a cambiar.

Persona con un portátil y una taza de café en una sesión de terapia online

Tarifas

Terapia Individual Online 70€

Bono de 4 sesiones 260€

Terapia de pareja online 75€

Bono de 4 sesiones 280€

Tamara García Villena, ha recibido una subvención de la Consejería de Empleo, Empresa y Trabajo Autónomo de la Junta de Andalucía, concedida con fondos del Servicio Público de Empleo Estatal. Línea 2 de subvención para inicio de actividad económica o profesional, destinada a mujeres trabajadoras autónomas menores de 35 años.